Testimonios Pacientes

Amalia

Amalia

En agosto de 2012, con 31 años, me diagnosticaron cáncer de mama. Me sometí a dos operaciones y a tratamientos de quimioterapia y radioterapia. Por fin, en diciembre de 2014, los médicos me aseguraron que estaba curada y que todo había acabado. Pero habían quedado secuelas: el pecho se me había encapsulado tras la radioterapia, estaba duro como una piedra; y mi brazo derecho (al haberme quitado los ganglios infectados por el tumor) estaba sin fuerza, inflamado, e incluso permanentemente dormido por algunas zonas. >

Me sentía impotente. Desde colgar una percha en el armario o bajar la puerta del maletero del coche, hasta encontrarte a alguien que hace mucho que no ves y que te de un abrazo apretado...   Muchas de esas pequeñas cosas que van implícitas en nuestro día a día para mí empezaban a ser un suplicio; todas implicaban dolor, impotencia y me alejaban de la idea de recuperar la vitalidad y los hábitos que tenía antes de la enfermedad. Antes del cáncer, era una chica deportista, activa, no paraba ni un momento y me moría de ganas por retomar esa vida, mi vida. Pero con ese dolor constante en el pecho y en mi brazo, que además era el derecho, no podía. Verme tan limitada con 33 años era muy frustrante. 

Pensaba que la única alternativa a mi problema del pecho (el brazo lo daba por perdido) era una nueva operación, pero una persona muy cercana me habló de Curro. Yo estaba harta de todas las "perrerías" por las que he pasado en estos dos años, no quería más tratamientos, ni más viajes, ni más sufrir. Al principio me negué rotundamente a ir a conocerle, convencida de que un fisioterapeuta no podría arreglar mi problema (o mis problemas). Pero por insistencia de aquella persona, fui, le conocí y tras probar una sesión con él, volví (esta vez por iniciativa propia). 

Hace dos días le confesé a Curro que en casa me había puesto a llorar de felicidad porque volvía a sentir mi brazo, ya no sentía ese hormigueo angustioso. La "piedra" que tenía volvió a convertirse en un pecho normal. Aún me duele, pero mucho menos, nada que ver con el dolor inicial a la rehabilitación, incluso la cicatriz ha mejorado.  

El pasar por una vivencia tan dura como es un cáncer me quitó muchas cosas, pero también me dio otras; entre ellas, la capacidad de apreciar y valorar cosas que antes seguro se me pasarían inadvertidas.
Poco a poco fui conversando con Curro, mientras me trataba me contaba  sus planes e iniciativas dedicadas a mujeres con cáncer de mama. Yo le escuchaba callada sin perder detalle y no le decía nada, no había confianza aún, pero me parecía tan asombroso. Cualquiera puede hablar de sus proyectos profesionales, pero no a todo el mundo se le encienden los ojos y le sale esa sonrisa al contarlos.  

Curro cree en lo que hace, y eso es un imán para mí y para las personas a las que trata. Una vez, hablando de una compi de batalla que lo está pasando muy mal, me dijo "que venga, ya sabes como soy"; y sí, yo sé cómo es y de lo que es capaz, y por eso quería compartir con vosotros mi testimonio porque MERECE LA PENA PONERSE EN SUS MANOS







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